Listo para descargar Ubuntu 8.10 Octubre 30, 2008
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Ubuntu 8.10 “Intrepid Ibex” la distribución Linux de código abierto, ya está oficialmente disponible para su descarga, que trae la siguientes novedades:
-GNOME 2.24
-Network Manager – ahora gestiona wifi, 3G y todas las otras conexiones en un solo lugar. No hay necesidad de liarse con los archivos de configuración manual.
- Usuario invitado – ofrece una cuenta de invitado si alguien quiere usar su PC y no quieres perder tus cosas.
- Xorg 7.4 dispositivos que se reconocen sólo al conectarlos (tabletas, teclados, ratones, etc) y una mejor estabilidad.
- Otras mejoras, como una nueva versión de Samba, LDAP y más.
Ubuntu 8.10 es una descarga gratuita, que puede funcionar como un Live CD y se puede instalar en la mayoría de sistemas basados en Intel. Ubuntu 8.10 incluye un simple instrumento de trabajo, que pone un sistema de arranque de Ubuntu en una memory stick, y le permite utilizar el espacio persistente para almacenar la configuración y documentos, lo que sería una carpeta de inicio real Home. Para descargarlo:
Movimiento Ubuntu: Compartir, Cooperar en Comunidad Octubre 23, 2008
Posted by pistokero in Reflexiones.add a comment
¿Has oído la palabra “Ubuntu”?
¿Es una distribución Linux? Sí lo es, pero eso no es todo.
Empecemos por su definición:
UBUNTU es una antigua palabra africana para designar humanidad -compartir, tener cuidado y estar en armonía con toda la creación. Como ideal, promueve la cooperación entre individuos, culturas y naciones.
Esta definición ha sido extraída de la web del Foro Mundial de redes de la Sociedad Civil
Curiosamente conocí el significado de Ubuntu a partir de una distribución de Linux que se ha vuelto muy popular: Ubuntu o Kubuntu (con dos configuraciones de escritorio diferentes, Gnome y KDE, pero con la misma esencia).
Pero luego comprendí el alcance social de la misma.
Para ver el paralelismo de los movimientos asociados a esta palabra, veamos su significado:
- Comunicado Ubuntu del Foro Mundial
- Manifiesto Ubuntu de la distribución de Linux
¿Cómo puede un sistema operativo cambiar el mundo?
¿Qué podemos hacer para que tengamos un mundo mejor, más solidario, más cooperativo y donde todo el mundo pueda compartir?
Ambas cosas son los dos extremos de una misma: El significado más amplio de la palabra Ubuntu, de origen africano.
Imaginemos por un momento que todo el mundo, todos nosotros utilizásemos un sistema operativo basado en software libre, en donde su coste de adquisición fuese nulo, o sólo pagando una mínima cantidad por el soporte físico, en donde todos pudiésemos mejorarlo, en donde nos apoyásemos los unos y los otros, y en donde las diferencias sociales, económicas, y culturales no fuesen un obstáculo para tener las mismas oportunidades tecnológicas.
Imaginemos un mundo en el que ocurra todo eso, a todos los niveles: Político, económico, social, humano.
Una cosa lleva la otra. Si alguien colabora en el Foro Mundial de redes de la Sociedad Civil estará haciendo una labor en beneficio de la humanidad. Pero si alguien se instala un sistema operativo libre en su PC, promociona su uso en su familia, amigos, en su círculo social, y colabora en su mantenimiento y mejora, estará haciendo una labor igualmente humanitaria.
Si logramos extender esta idea, más bien este ideal, estaremos favoreciendo un cambio mundial a todos los niveles:
- El modelo comercial actual se vendría abajo, tal y como lo entendemos hoy. Las empresas no podrían cobrar por sus productos, sino por sus servicios.
- El desarrollo de nuevos productos sería en colaboración. Ganaríamos todos porque no existirían las guerras comerciales.
- Las patentes propietarias tradicionales como tales no tendrían sentido.
- Todo el mundo dispondría de las mismas oportunidades. Al estar abierto a todo el mundo, los pobres tendrían la oportunidad de ganarse dignamente la vida, y los ricos tendrían que trabajarse su posición si no quieren perderla.
- Al basarse en la cooperación, todas las empresas, instituciones y ciudadanos trabajarían al unísono.
- La competencia entre empresas y productos desaparecería. Empezaría a labrarse la competencia humana: Quién aporta más a los demás, quién comparte más cosas, quién se ha ganado el respeto de todos por sus actos, qué persona me está ofreciendo un servicio (no qué empresa me proporciona un servicio), etc.
Sólo son algunos ejemplos de cosas que podrían ocurrir. No soy analista de nada, ni soy experto en temas económicos. Pero preguntad a alguien que sepa del tema qué podría suponer esto, a todos los niveles.
Pues sí, el futuro, en gran medida, está en la tecnología, en la informática, en Internet, pero todo como servicio a la humanidad. La tecnología mal interpretada sólo serviría para beneficio de unos pocos, y la esclavitud del resto de nosotros.
Depende de nosotros elegir qué opción: ¿Software abierto o propietario? ¿Vida plena y compartida o privada y solitaria? ¿Competencia por ver si el vecino tiene una casa mejor, o por dar ejemplo en una gran labor social?
Redes civiles, entre personas. Redes informáticas, entre ordenadores. Dos caras de una misma cosa: La interconexión global de todos sus miembros.
Internet es una. Individual. Se habla de la Internet. Pero: ¿Cuántos equipos, servidores, PC’s de sobremesa, cableado, recursos humanos, etc. existen para mantenerla?
Dualidad Uno-Todos. Todos somos uno. Uno somos todos.
La próxima vez que vayas a instalar (o te instalen) el sistema operativo de tu PC, piensa que hay otra opción. Juntos podremos conseguirlo.
Lo que vale una hora al día Octubre 14, 2008
Posted by pistokero in Reflexiones.add a comment
Publicado originalmente en julio de 1965
Un hombre muy sabio decía: “La gran línea divisoria entre el éxito y el fracaso se encierra en tres palabras: No tuve tiempo”. En medio del frenético ritmo de la vida moderna, nos parece con frecuencia que los días no tuvieron horas suficientes para realizar nuestras aspiraciones, y entonces renunciamos a estás. El mundo, sin embargo, está lleno de personas que a fuerza de voluntad han encontrado la manera de destinar una hora diaria, por lo menos, a cultivar por sí misma sus facultades creadoras. Es más: he observado que los individuos con mayor número de ocupaciones suelen ser los que se arreglan para disponer diariamente de una hora para disfrutar de su soledad.
Crawford Greenewalt, cuando era presidente de la compañía química más grande del mundo, la Du Pont, todos los días destinaba cierto tiempo al estudio de los colibríes y a la fabricación de equipo especial para fotografiarlos. Después escribió un libro, Hummingbirs (El colibrí), calificado por los entendidos como obra clásica de historia natural.
Hugo Black, que llegó a senador de los Estados Unidos sin haber pasado por una universidad, dejaba a un lado, durante una hora al día, todos sus compromisos, para dedicarse a leer en la Biblioteca del Congreso. Profundizó en muchos campos, como la economía, la historia, la filosofía y la poesía, y nunca abandonó aquella práctica, ni aun en sus días más ocupados como legislador. Posteriormente, cuando se le nombró magistrado de la Corte Suprema de los Estados Unidos, era uno de los hombres más eruditos del alto tribunal; y todo un país se ha beneficiado de su vasta ilustración humanística.
Quien dedique aunque sólo sea una hora al día a algún proyecto para él apasionante, le estará destinando 365 horas al año, o sea el equivalente de más de 45 jornadas completas de trabajo de ocho horas cada una. ¡Esto es como agregar un mes y medio de vida productiva a cada año de nuestra existencia! Y sin embargo, cuando yo hablo de una hora diaria de soledad para el cultivo de las propias facultades, muchos me contestan: “Estoy excesivamente ocupado. Trabajo todo el día y llego a casa rendido de cansancio. Necesito pasar unos ratos con los hijos”.
Reconozco que no es cosa fácil. Se necesita voluntad, primero para darse esa hora y luego para utilizarla sabiamente.
Un Amigo mío, Wilfred Cohen, trabajó cuarenta años hasta llegar a ser uno de los principales fabricantes de ropa del mundo; pero había algo que anhelaba, algo que jamás había podido llevar a cabo en medio de su agitada actividad de industrial.
Yo quería pintar – me dijo-. Nunca había estudiado pintura ni tenía razón alguna para suponerme capaz de producir cuadros que valieran la pena. A pesar de todo, resolví dedicar a la pintura una hora todos los días, por grandes que fueran los sacrificios que tuviera que hacer para disponer de esa hora.
Lo que mi amigo Cohen tuvo que sacrificar fue una parte de su sueño, pues la única manera que tenía para darse una hora de tranquilidad era levantarse antes de las cinco de la mañana y trabajar hasta la hora del desayuno.
-Eso no me costó trabajo -dice-. Una vez que me decidí a pintar esa hora, ya no podía dormir, pues la misma ansiedad de poner manos a la obra me despertaba todas las mañanas.
Convirtió el desván de su casa en estudio y durante muchos años nunca se privó de esa matinal hora dedicada a la pintura. La recompensa ha sido extraordinaria. Sus lienzos se han exhibido en muchos salones y además a presentado varias exposiciones individuales; incluso a vendido centenares de sus cuadros a precios elevados, y todas las utilidades que le ha producido esta profesión, a la que se aplicó por una hora al día, las ha destinado a un fondo para ayudar a talentosos estudiantes del arte pictórico. “De todo lo que yo he hecho”, me dijo Cohen, “nada me ha proporcionado mayor satisfacción que esa diaria hora de soledad.
Si se le ofrece una diaria oportunidad, toda mente humana es capaz de crear ideas. Un griego llamado Nicholas Christofilos, mecánico de ascensores, se interesó en la ciencia moderna. Todos los días, después del trabajo y antes de sentarse a cenar, dedicaba una hora a estudiar textos de física nuclear, y a medida que fue entendiendo más claramente la materia, concibió varias ideas. En 1948 proyectó un acelerador de partículas que le pareció saldría más barato y tendría mayor potencia que los existentes. Lo mandó a la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos para que lo probaran. Después de algunas modificaciones, funcionó en forma tan satisfactoria que su aplicación le economizó a los Estados Unidos unos 700 millones de dólares. Christofilos recibió dos premios: uno de 10.000 dólares en efectivo y otro que consistió en un empleo en el Laboratorio de Radiación de la Universidad de California.
La soledad, ha dicho el filósofo y poeta James Rusell Lowell, “es tan necesaria para la imaginación como la compañía es salutífera para el carácter”. Lo importante es que nuestras horas de soledad sean productivas… y así pueden serlo aunque a veces únicamente nos proporcionen un sentimiento de bienestar.
En los años más difíciles de la guerra, Franklin Roosevelt se aislaba del mundo durante una hora y se encerraba con su colección de sellos de correo. La finada señora Victoria Geaney, que era entonces el ama de llaves oficial de Blair House, donde el presidente se refugiaba a veces con sus sellos, me contó cierta vez que cuando Roosevelt llegaba parecía demacrado, pálido y fatigado, pero que cuando salía, se habría dicho que resplandecía el mundo entero. Esas horas de soledad eran un tónico espiritual para el presidente.
Nunca somos demasiado viejos para aprovechar esta hora diaria de aislamiento. Conozco a un individuo que a los 78 años empezó a instruirse en el campo de la apreciación musical. “Ya pronto no podré estar tan activo como ahora”, me dijo, “y cuando tenga que permanecer en una silla, quiero estar preparado para gozar de la música”.
Estoy convencido de que la mayoría de las personas que destinan una hora diaria a la soledad se consideran recompensadas por ello, aunque no produzcan nada; por lo menos tiene la oportunidad de analizarse a sí mismas. Desde luego que es mucho más satisfactorio fijarse una meta determinada para esa hora íntima, pues una vez que se adquiere el hábito de trabajar por una aspiración, el horizonte de las realizaciones se dilata sin límites.
El jefe de una gran fábrica de cosméticos tuvo una gran satisfacción cuando su hijo estudiante aprobó con honores un curso de teología. Con todo, cuando el joven iba a casa, el padre empezó a darse cuenta, con creciente angustia, de que él y su hijo “ya no hablaban el mismo idioma”. Aunque el tema le interesaba, el fabricante jamás había estudiado a fondo la religión. Así pues, empezó a dedicar una hora al día, después del almuerzo, para encerrarse a solas en su oficina a leer libros sobre religión comparada
“Al principio”, dice, “mis socios pensaron que me había dado una chifladura, pero después se amoldaron a mi programa de trabajo. Mis lecciones de religión comparada me llevaron a estudiar también antropología, sociología y otras materias. En los últimos años me han invitado con frecuencia a dar conferencias en diversos lugares, y creo que éstas y mis escritos algo han contribuido a la tolerancia entre las distintas iglesias. Lo mejor de todo, sin embargo, es que mi hijo se siente orgulloso de mis conocimientos”.
Quizá no todo el mundo esté de acuerdo con Henry David Thoreau, que dijo: “Nunca he encontrado compañero mejor que la soledad”; pero es lo cierto que una hora diaria que pasemos dedicados a aquello que más deseamos hacer, puede canalizar energías que de otra manera se malgastarían fácilmente. El tiempo así empleado puede dar nueva vida al espíritu. Ensáyelo el lector y comprobará esta verdad.

